3.2.07

París, 1996

Bromeábamos con París. Salir el viernes por la tarde y volver el domingo por la mañana daría, como mucho, para tomar un café y dar un paseo. Pero a mí me supuso derribar la suposición, quizá cierta en otros casos, de que el amor feliz no tiene historia, de que sólo el amor trágico puede ser novelado. La imaginación, la fantasía, el atrevimiento, la idea de que cada día del año para en la estación de la vida, pueden siempre quedar en la agenda de quien ama con la convicción de que lo hace por si, acaso, esa página fuera la última página del mundo. Bromeábamos con París, ya desde que determinamos cambiarlo por un fin de semana en Jaén, desde que el silencioso devenir de los días comenzó a vislumbrar, unos pasos más adelante, algo emocionante que echarse a la vista, al tacto, al olfato... a un salto de lo cotidiano, como un intermedio en el centro del mundo, en la ciudad más hermosa.

Fui a París a encontrarme con Julie. Después de tanto tiempo pensando, como el viejo de La buena vida, que París es un invento de los franceses, el azar quiso darme la posibilidad de conocer a la persona que tanto me había fascinado desde que la vi por primera vez en Azul, desde que una mañana me levanté y descubrí el paralelismo vital de sus intenciones con respecto de las mías. Sus problemas habían sido diferentes a los míos; más duros de desenlazar felizmente, si me apuro. Se trataba de olvidar un pasado arrebatado de una sola tajada, sin dentelladas que hicieran presagiar un ocaso demoledor. Pero se trataba, según ella mismo me dijo luego, de elegir la libertad. Una elección como la mía.

- Pero la libertad es como un campo abonado de tristeza.

Me la encontré donde siempre habríamos quedado. Ella tomaba, mientras esperaba mi llegada, un helado al que había vertido café hirviendo. Era lo de costumbre, según solía decirle al camarero, aunque en realidad esa costumbre había nacido muy recientemente. Antes de entrar y saludarla, dejé algunas monedas al señor que tocaba la flauta, a tan sólo unos metros del café, sentado en la acera.

Leí de Martín Gaite que es difícil salirse del tumor del pasado dejando indemne el tejido del presente. El tejido del presente era, para Julie, el dinero de su marido muerto, su lámpara de cuentas azules y sus paralizantes recuerdos de la piscina, una caja atronadora como las composiciones en que Preisner decide vaciar nuestras dosis de emotividad mundana. A mí, sin embargo, el presente me obsesionaba con la búsqueda de la belleza a través de frustraciones inhóspitas, deseos envolventes, parajes imaginados en el fondo de un personaje que, con las horas de cada sol, se hacía más y más tangible.

Bromeábamos sobre París. Nuestros planes pasaban por el Museo de Orsay, pincelada impresionista en una ciudad faraónica llena de tapujos al descubierto, como las prostitutas de la avenida donde inmortalizamos el Moulin Rouge. ¿Recuerdas? un charlista de cabaretería nos invitó a pasar a su espectáculo preguntándonos por nuestro origen. Vous êtes de la Turquie?. De l'Espagne? Ah, l'espagnol, bandido! Desde aquél día acordamos que, con mi aspecto, bien podría hacerme pasar por un turco en París, aunque no en Estambul. Orsay es un retal que se nos quedará grabado en la retina, con su reloj observando nuestros pensamientos en el almuerzo más emocionante que jamás haya tenido, al lado de los hijos de Van Gogh durmiendo la siesta o de las catedrales difuminadas de Claude Monet, y así todas las genialidades de todos aquellos que allí parecían departir con nosotros unas cervezas Heineken en la zona de fumadores, que te permitían el tuteo de sobremesa, que te recordaban el día anterior en Montmartre, caminando por callejuelas pintorescas y fotografiando la ciudad desde todo lo alto, con la ineludible torre de hierro por todas las vistas. Que se hubieran sorprendido, como nosotros, al ver la increíble bronca propinada por una mujer a un automovilista, después de que éste la hubiera puesto perdida de agua al pasar veloz por un charco y, para su desgracia, tener que pararse por mor de un semáforo en rojo, una decena de metros más allá. La imagen de la señora, corriendo tras el vehículo, bien hubiera dado para una instantánea de Renoir. Es una pena, siendo como es Julie una participante activa en la Historia de la Música, no habernos encontrado en Orsay con el bueno de Debussy o con Gabriel Fauré o con Maurice Ravel, a los que también habríamos tratado de tú, sobre todo Julie, que compuso el Concierto para la Unificación de Europa en beneficio de su marido.

- A veces pienso que la libertad no se tiene, sino que se siente. A veces, la libertad puede ser todo lo contrario, una esclavitud elegida libremente. Me recuerda la novela de Orwell: la libertad es la esclavitud...

-...La ignorancia es la fuerza. La guerra es la paz. El presente es...

El tejido del presente es tan delicado y frágil como un pétalo, como la piel de Julie bajo las sábanas en nuestro hotel, en aquel retazo de vida robado a la desmemoria y guardado, dentro de un sobre lacrado por los besos que allí nos dimos, junto a las páginas más emotivas de mi historia, a las páginas de El Cartero y Pablo Neruda, a las lágrimas derramadas ante el reflejo de los colores de Monet, a las rosas rojas que días atrás llegaron a mi oficina y que llevaban el mismo olor que las flores de los Campos Elíseos. Aquellas flores eran como las velas que encendíamos cuando hacíamos el amor al hilo de músicas de películas en voz baja, consumiendo las noches ignorando que llegaría París a darnos la bienvenida, sin pensarlo siquiera, en una de las primeras hojas del calendario. Advertimos que olvidar, lo que se dice olvidar, era una cuestión de dejarse llevar por la llovizna tibia con que nos acogió la ciudad. La libertad suponía, para Julie, romper con los recuerdos de antes y empezar a rodar de nuevo, quizás a mi lado, con París como punto de partida de un recorrido sin retorno. El agua de mayo sobre nuestras cabezas, abriendo y cerrando un paraguas comprado en Laffayette, muy cerca del magnánimo Palacio de la Ópera, al que Napoleón tenía acceso a caballo por un pasadizo construido ad hoc, era como presentir que, después del sofocante calor de la Sevilla abandonada, los elementos atmosféricos se unían a nuestra carga contra lo dejado atrás. Lluvia del porvenir, como aquella canción, que auspiciaba nuestra vista para perderla en la pirámide de cristal, frente al Louvre, para disfrutar sus miles de tejados grises, bellísimos, para saltar de tienda en tienda como saltan los niños de charco en charco. Como saltamos nosotros sin lograr desnudar los olores que nos traían los escaparates de las perfumerías y los restaurantes.

- La libertad, a veces no es más que esto. Caminar y caminar sin parar, mirar hacia todos los lados.

Te reconocí en París, Julie, y me reconocí a mí mismo entre un montón de fantasías desazonadas, entre un montón de nubes hechas durante años, entre la espuma del Sena en que se habían convertido mis sueños. La travesía del río, en los batteau-mouches, me trajeron el ir y venir de las notas de Nyman en La traversé bajo un frío que nos corrió por la espina dorsal y que hibernó, seguro, y que vino a reverberar en las mañanas de Estambul, un año después. Si lo escucharas, Julie, si fueras capaz de entrar y formar parte de una de sus semicorcheas, de uno de sus contrapuntos, con los ojos cerrados podrías sentir cómo las gotas del río salpicarían tus mejillas y te volverían a provocar la risa aquella de la foto de los japoneses. Y volverías a sentir la emoción de Nôtre Dame, con los mismos andamiajes que vinieron a reverberarnos, en un ejercicio de ensoñación pura, cuando nuestra visita a Santa Sofía, la basílica, la mezquita, el museo.

Mientras pasábamos bajo los puentes del Sena, mientras tú fotografiabas a babor y a estribor, temblando de frío, a mí me dio por buscar gymnopedias, por hurgar en la memoria escondida bajo las aguas, a ver si la suerte nos deparaba algo misterioso, a ver si pudiera ser posible encontrar gnossiennes y atraparlas como se atrapan mariposas. Es un juego, ya lo sabes, pero jugar se nos da bien. Es el mismo juego que probé en lo alto de la torre de Eiffel, cuando la noche chisporroteaba de luces la ciudad, cuando desde arriba hacia cualquier lugar todo era luz y oscuridad, sin dejar de distinguir un espacio mínimo desprovisto de esa mezcla, como de libertad y esclavitud. No logro entender cómo, después de casi un siglo, la ciudad ha podido mantener su cielo lleno de reflejos de faunos, infantas, de rosacruces, de pavanas y sicilianas.

- Dime, Julie, si la verdad sobre ti es como yo la pinto. Dime si he venido aquí o no a encontrarme contigo. Dime sin miedo, Julie, si la realidad no es más que un montón de imágenes sacadas de la ficción.

Pero la ficción no es, a fin de cuentas, más que una realidad malinterpretada. Lo nuestro, Julie, lo escribimos tú y yo en nuestra habitación de aquel hotel cercano a la Ópera, cercano al lugar donde tomamos café y vimos que las parisinas eran todas hermosas, incluso las que no lo eran, por ese mismo extraño motivo, quizá, que hace a los turistas pagar un impuesto especial de estancia en París. Cercano al lugar donde creí ver a la Maga de Cortázar, y al mismo Cortázar preguntándose si sería capaz de encontrar a la Maga, fina cara de traslucida piel.

Bromeábamos sobre París. A la vuelta, a la despedida, veíamos en el aeropuerto la luz de algo que habíamos logrado dejar atrás. También tú, mientras sonaba la música que acababas de componer, recordabas a tu madre, tus amigos, tu último encierro; antes de desvanecerte, como por arte de magia, dentro de mis vaivenes, deci-delá, como se consumen los chaparrones de verano. Y volvimos para comenzar con fuerzas renovadas, para doblar los picos de las páginas de la memoria, seguros de vivir el presente como si tuviéramos cada noche un canto de cisne, como si tuviéramos a cada hora la posibilidad de encontrar sirenas en las alcantarillas, incluso; como si hubiéramos conseguido quitarle la venda a la imaginación; me dijiste: es posible robar los vientos de los molinos y beberlos a tragos largos, es posible detener el mundo para despistar el tiempo, es posible desear no dormir para seguir soñando. Es posible tener hijos, si con eso logro prolongar el tacto de tu piel.

En París he conseguido no echarte de menos, Julie, sin desterrarte de mi ficción. Al fin he logrado aprender que debo abandonar tu hechizo y querer un mañana. Que debo ser libre contigo. El más libre. El mejor rehén.

Tu único rehén.


Escrito en mayo de 1997. Un año después.